Ruido

Si hay algo a lo que me he acostumbrado en los últimos 16 años de mi vida es al ruido. Desde que la mayor de mis hijas hizo su entrada triunfal a la vida y rompió a estrenar sus pulmones en plena sala de partos me acostumbré al ruido. Recuerdo que cuando era pequeña y me iba a la cocina dejándola sola en su cuarto jugando me extrañaba al no escuchar un ruido luego de tres minutos. Sabía que alguna travesura estaría haciendo. Con el pasar del tiempo y cuando me divorcié de su padre aprendí a vivir una vida en silencio por primera vez en mi vida adulta. Cuando se iba con él pasaba dos días sin sus ruidos y carcajadas. Hasta las gotas de lluvia caer presentía en aquel silencio. Mas no pasaron muchos años en silencio cuando la vida me trajo la alegría en forma de hombre acompañado de su hija quien apenas tenía dos años. Entre la pasión por la música de mi compañero y esposo y las carcajadas de las niñas se confundieron dos llantos adicionales para añadir más ruido. Del llanto pasamos a más carcajadas, al ruido de los juegos de video, a conversaciones simultáneas, gritos, a la música que a todo adolescente le gusta escuchar y ahora estoy de vuelta al silencio. Ese silencio sepulcral que trae la separación de una pareja. El silencio es algo con lo que se aprende a vivir, pero luego de muchos años en total ruido, me resulta incómodo. Recuerdo de niña pasar horas muertas en casa de mis abuelos en el campo sin escuchar ruido. Solo los autos pasar en lo alto de la carretera, las gotas de lluvia sobre la cortina de zinc y el viento levantar las hojas. Ese silencio me reconfortaba, no me era incómodo, por que no era el silencio de la ausencia total, si no el silencio del descanso. Era el silencio de una abuela en su faena culinaria, tendiendo ropa o en su propio descanso mientras mi abuelo llegaba de “las cañas” durante la zafra. Tan pronto entraba por el portón con su camisa roja tiznado hasta los poros de su naríz romana se acababa el silencio. La casa de mis abuelos tuvo mucho ruido con los nietos, las visitas inesperadas y los bisnietos. Con la muerte de mi abuelo llegó el silencio final. Ese silencio que hace de esa casa que tanto quiero un lugar incómodo para mis hijos, mientras que para mí es como una segunda piel.
En la práctica del yoga y la meditación el silencio es importante. Se convierte en el mejor aliado para aliviar las presiones y buscar el equilibrio y el balance en nuestros cuerpos. Pero es pasajero. Al cabo de una o dos horas retomamos la normalidad de nuestras ruidosas vidas renovados por ese espacio de silencio.
No todos los silencios son iguales. Solo espero volver a llenar todos los espacios de mi vida con ruido nuevamente.

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3 comentarios so far »

  1. 2

    Solo cuando aprendas a disfrutar del silencio, el ruido volvera a tu vida….me paso a mi…

  2. 3

    gaby said,

    La ausencia de ruido es antesala a eventos ciclicos, casi predestinados…de pasos de vida….disfrute, guaynabocitymom…que la decada de sus 40 apenas comienza…y le aseguro…sera estruendoza…
    🙂


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