Acerola

Image El olor de las acerolas fermentándose en el suelo del patio, bajo la sombra de las ramas del propio árbol me trajo gratos recuerdos de mi niñez.  Me transporté 30 años en el tiempo.  Eran otras las acerolas, rancias, con sus médulas expuestas-unas rojas, otras anaranjadas, algunas amarillas-todas descomponiéndose en el piso raso de tierra en el patio de mi abuela.  Ella gustaba de recoger las que los pájaros no habían picoteado en el árbol y hacerme jugo fresco.  Yo carezco del tiempo, paciencia y vocación de mi abuela para remojarlas, pasarlas por la licuadora, luego por el colador y finalmente extraer la pulpa.  Es un proceso un tanto masoquista, ya que al final lo que sale es solo un poco de pulpa y se pasa más trabajo de lo que se le puede extraer.  Pero abuela no era mujer de darse por vencida .  Y con cada año que pasa me doy cuenta que me parezco mucho más a ella de lo que alguna vez quise parecerme a alguien. El olor de las acerolas me la traen a la memoria, pero de igual forma la línea de calvicie que tengo como partidura en el centro de mi frente es verla a ella en mis propio espejo.  La espesura de la piel sobre mi párpado que no cede con cuanta crema o potingue me ponga.  Y ni hablar de cirugías plásticas.  Mi tía posee el mismo rasgo y ya se ha hecho dos y al cabo de los años vuelven a tomar espesura. Encuentro a mi abuela en mis brazos densos que no importa cuan delgada esté, siempre son grandes.  La marca de fábrica, les digo a mis primas y parientas.  Casi todas los tenemos.  Son la herencia de la bisabuela Rita, una mujer que parió más de una docena de hijos y jamás cedió ante los embates de la vida y se meció en el sillón de madera y pajilla en casa de su hija Ata hasta que Dios la llamó en su novena década de vida. Estos brazos fuertes que han acunado a cada uno de mis tres hijos, tal como mi abuela lo hizo conmigo hasta que fui una mangansona.

No tengo un árbol de acerolas en mi patio por gusto propio.  Estaba allí, raquítico y todavía joven cuando llegue a la casa.  Fue una sorpresa encontrarmélo en el patio de lo que sería mi hogar cuando todavía cortejábamos la casa de sus dueños anteriores.  La casa necesitaba muchas reparaciones.  El esqueleto es lo que cuenta pensé. Con una barriga de seis meses de embarazo y las ansias de mudarme cerca de mi centro de trabajo, mis padres y mi suegra opte por decir que sí a aquella casa que requeriría una extensa remodelación luego de más de treinta años de alquiler y unos dueños recientes que ni siquiera se habían molestado en pintarla.   Lo se por que antes que ellos la compraran yo ya la conocía. Hace una década, antes que conociera al padre de mis hijos y a mi suegra-quien residía en la misma calle-, yo había pasado por la calle y la había visto. Vetusta, descuidada, con un frente que daba grima por la maleza que crecía en donde se supone estuviese la grama.  Iba camino a recoger a una compañera de trabajo en la universidad.  Le pasé por el lado y me llamó la atención.  Tres años más tarde estaba en su patio contemplando aquel arbusto de acerolas entre la maleza y decidí decir que si al sueño dorado de toda pareja: el hogar propio.  No aquel en el que vivíamos, que era de mi total agrado, pero donde otras almas habían vivido su historia con mi pareja.  Esta era la forma de empezar desde cero.

Hoy la casa encierra demasiados recuerdos, pero para mis hijos es su templo sagrado.  El espacio donde todo es posible.   El abandono de la relación se correlaciona al de la estructura física.  No de mi parte.  Pero mis brazos grandes y fuertes trabajan para sacarla hacia delante.  Donde hubo maleza yo sembré la grama que cuidé hasta que no salió una mala hierba más. Sembré en el patio, en la jardinera, en el frente de la casa.  Sembré verdor, sueños, el deseo de una vida mejor.  Pero eso no fue suficiente. Las cosas dejaron de funcionar.  En sus aparentes líneas modernas hubo espacio para la disfunción.  Una cosa aquí, otra allá. Las relaciones y las casas requieren mantenimiento.  No es dar la espalda y pensar que todo seguirá bien por que es bonito y costó un dineral. La pintura se escascara y hay que rasparla.  Debajo de esas capas de pintura-de décadas pintando una sobre otra- hay una superficie lisa.  La esencia de la estructura.   Y cuando le cuestiono a la vida el por que de lo que vivo y padezco encuentro la respuesta agachada bajo el árbol de acerola. Oliendo su fruta rancia. Me toca hacer como abuela.  Sola, valiente, decidida. Por mis hijos.  Es su templo. Soy su templo. Soy su hogar.   A pasar trabajo como quien extrae la pulpa de la acerola para ver un chorrito de jugo.

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1 Response so far »

  1. 1

    gaby said,

    Un sludo, guaynabocitymom! Tanto tiempo…creo leer el por que. Suerte.Siempre. Creo que ee mismo estoicismo y grandeza del arbol de acerola que describes y abrazas…lo llevas en el temple…en el alma…y en un palante…no importa que…voy a mi por mi y mis hijos…lo demas…es parking; e igual que la marea…lo bajo vuelve a subir…sea una nueva cosecha de acerolas…o refrecantes relaciones y eventos que enmarcaran la nueva etapa…

    Suerte…pero creo que ya la tienes en esta oportunidad de un comienzo…nuevo…diferente…cristal…personal…y hasta quizas, apasionado…

    🙂

    gaby


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