Viaje

 

marci-casaEntre Guaynabo City y Cambridge, Massachussets hay 1,700 millas aproximadamente. El viaje de escasas cuatro horas (en vuelo directo) es hecho por cientos de personas a diario quienes se transportan de aquí para allá y de acá para allá con una facilidad pasmosa. Ya sea por negocios, vacaciones, o estudios, cientos de personas se montan en la guagua aérea y llegan a la Capital de los Medias Rojas. Detesto viajar luego del fatídico 11 de septiembre de 2001. Detesto la filas y el interminable cotejo. Mis hijos no conocen viajar de otra forma. Yo si. Y la extraño mucho. Y aunque de Cambridge a Guaynabo City no debería ser grande la diferencia, estar en un lugar donde cientos de nacionalidades se funden en una y las lenguas se mezclan para asaltar el sentido auditivo, si representan una gran diferencia. Corriendo por la ribera del Río Charles en la mañana escucho trazos de conversaciones en varios idiomas. Había amanecido un poco gris en los altos 60’s. Antes de comenzar mi jornada de clases en la cercana Universidad de Harvard, decidí ponerme mis “tenis” y explorar la ribera del río. Acá corro con el océano de telón muchas veces y en otras con el Río Bayamón. Digamos que el Río Bayamón parece una quebrada al lado del imponente Charles. Fascinada con los botes de equipos de remo de las diferentes universidades, que practican a esta hora, me pregunto como diablos no se me ocurrió venir a Boston a estudiar el bachillerato y terminé en la bucólica Nueva Orleans. Los días y los meses me fueron dando la respuesta.

En la Escuela de Derecho de Harvard era solo una de tres latinas en unos cursos con asistencia de sobre 200 personas. Se siente extremedamente raro, sobre todo cuando una de esas tres latinas era mi compañera de trabajo. Como tenía que sacarle el jugo al viaje, mi prima hermana pasó a buscarme luego de un extenuante día de cursos y me sentí como pez en el agua. Chachareando en su auto, Boston me parecía menos extraño. Días más tarde me transporté a Cape Cod a quedarme con una amiga de los años universitarios y su esposo. Dos WASP, como le gusta decir a ella, una norteamericana con cuerpo de Barbie y su esposo el típico americano blanco amante del mar. Respiré paz ( o eso traté) en su cabaña veraniega frente a las frías aguas del Atlántico. Yo no se como ellos llaman playa a esas aguas de superficie llana y rocosa. Allí la vida es decididamente más “gringa”. Se acabaron los acentos, exceptuando por el de la vecina de al lado que tan pronto escuchó el cuchicheo en español entre mi amiga y yo (mi amiga no hablaba español hacía 22 años) cayó como buena latina, en bata y taza de café en mano, a ver de que se estaba perdiendo y quien era la forastera que hablaba su lengua materna. Quedé enamorada de Cape Cod y sus pueblitos pintorescos. Me sedujo su pausa, su normalidad, su día a día, pausado y de rostros similares.

Los Estados Unidos de Norteamerica son una amalgama de culturas. Lo viví en carne propia en mis años universitarios. Era muy oscura para ser “gringa” pero muy clara para la comunidad afroamericana. Para colmo el acento siempre me delataba. Las pausas para pensar como expresar ciertas frases, resacando en mi cerebro el lenguaje correcto para esas traducciones idiomáticas sin sonar mal denotaban mi herencia. Sin embargo, encontraba mayor similitudes con la comunidad negra. Me sentía más a gusto entre ellos. Mi padre, quien vivió en Nueva York, Texas y Milwaukee, recuerda un Estados Unidos antes del movimiento de Derechos Civiles.  Vivió la segregación racial donde la comunidad afroamericana tenía que sentarse en el fondo del transporte público. Papi fue el único boricua en su universidad en Milwaukee y el único latino en su clase graduanda.  Aunque con casi cuatro décadas de diferencia entre el tiempo en que mi padre y yo estudiamos, los latinos siempre éramos menos.  La multiculturalidad me cambió. Me hizo apreciar mi lugar de origen. Nunca compré el cuento del “sueño americano”. Adoro ser una más. Ver rostros con mis mismas facciones. Escuchar gente hablando mi mismo idioma. De todo esto me acordé esta mañana mientras le echaba gasolina a mi auto en la estación PUMA de Torrimar. De cinco autos cargando gasolina, tres bocas conversaban con marcado acento dominicano.

Trump ha ganado la presidencia de los Estados Unidos. Lejos de ser incomprensible, para mi es comprensible el voto de muchos. Es un fenómeno cimentado en la no-aceptación de la propia multiculturalidad del país.  En el cuento del sueño americano. Fue mi hijo quien lo puso de relieve, esta mañana ¿Mami por qué en Puerto Rico hay tantos dominicanos?. Esa fue la pregunta…que me llevó en un viaje mental de 1,700 millas en escasos segundos.  “Muchos llevan tantos años que son boricuas ya” le contesté y proseguí mi ruta al colegio.

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