Cuentos

guaynabo2

CUARTO

“A un hombre se le llora tres días m’ija y al cuarto te enganchas tu mejor traje, te pintas las bembas y te vas a la calle…que no es el fin del mundo” así me decía mi Abuela parafraseando una frase de María Félix, una de sus artistas favoritas. Abuela era como la Félix, no lloraba a nadie ni tampoco lo esperaba. Vivía siempre de prisa, como si la vida no le fuera a dar para todo lo que ansiaba lograr antes de estirar la pata e irse al más allá. Yo fui su pupila en esos menesteres de andar viviendo la vida de carrera. Me paseaba por todo el casco urbano de Río Piedras mientras hacíamos diligencias interminables que culminaban justo 15 minutos antes del mediodía. A esa hora servía el almuerzo de sus pupilas y se tumbaba a ver el Show del Mediodía en un sillón en el cual me mecía cuando yo no quería tomar mi siesta. Mientras Don Cholito, Chianita y la comedia del Chisme Beauty hacían acto de aparición por la pantalla del televisor blanco y negro que tenía en su cuarto ubicado al fondo de la enorme dependencia que era su hospedaje para universitarias en Santa Rita, ella entraba y salía del cuarto a la cocina en un ritmo ágil marcado por el ruido de la puerta de “screen” de la cocina.

Temprano en la mañana y antes de salir a hacer los mandados del día, Abuela se bañaba, se perfumaba con su colonia Jean Naté, se delineaba las cejas como la Félix y se pintaba los labios de algún color brillante. Los labios de Abuela nunca conocieron los tonos claros ni sus ojos llevaron una mirada suave. Con gran precisión hacía una línea dónde alguna vez existieron sus cejas naturales, ahora carentes de vello, y le daba a su mirada ese orgullo recio de la gran dama del cine mexicano. Una vez salía de su aposento perfumada y empolvada como mallorca se tomaba su segundo café mientras, todavía sin vestirse pero en bata, intercambiaba información con Doña Milla, la dueña del hospedaje de al frente. Milla era más alta que Abuela por varias pulgadas, corpuelenta y su piel del color del café mientras que Abuela apenas llegaba a los cinco pies de estatura y acomodoba su exuberante y rechoncha figura en ropa entallada. Ambas conocían la vida y milagro, no solo de sus respectivas pupilas, si no la de la calle completa. Mientras me freía un huevo, yo iba devorando galletas de soda embarradas de mantequilla-reservaba una para la yema en una esquina del plato- y escuchaba los retazos de sus conversaciones sentada en la mesa de la cocina. Tenían una gran habilidad para contar y enredar aquellas historias pobladas de personajes que apenas conocía pero que me entretenían en lo que mi desayuno estaba listo.

Con Abuela aprendí a comer galletas de soda remojadas en café. De niña no me tomaba el café, solo remojaba las galletas y botaba el café por el fregadero de aquella cocina de la cuarta década del siglo XX. Muchas de las hermosas mansiones de Santa Rita fueron convertidas en hospedajes durante los años 60 para dar paso a la creciente ola de jóvenes cursando carreras universitarias gracias a la bonanza industrial de la Isla. Las chicas de Abuela estudiaban carreras como trabajo social, educación y biología que me parecían importantes y hasta románticas. De niña quería ser como ellas valiente -dejar a la familia y el pueblo de una a tan corta edad me parecía muy arrojado- y vestirme con pantalones…una mujer que se podría defender de los avatares de la vida por que contaba con una sólida educación. Ellas me alcahueteaban y jugaban conmigo. Las esperaba llegar de sus clases cuando bajaban desde la Avenida Gándara por unas escaleritas que comunicaban esa vía con la calle del hospedaje. Muchas mantuvieron contacto con Abuela aún después de haberse graduado. La llamaban y le escribían contándole de sus vidas y carreras y yo escuchaba atenta la lectura de aquellas cartas en el balcón de la casa del campo que la vio nacer. Allí se había semi retirado luego de muchos años de arduo trabajo que la llevaron del campo a la Ciudad de los Rascacielos, a Río Piedras y de vuelta al campo junto al río. Nunca supe más de Milla luego que Abuela vendió el hospedaje. Seguía manteniéndose “informada” esta vez con vecinos y parientes. Abuela siguió viviendo con su prisa acostumbrada, ahora para las diligencias en Río Piedras había que estacionarse y cuando comencé a guiar me tocaba llevarla a todos sitios en su pequeño Toyota rojo. “No me lo guayes” me advertía entre dientes y con su mirada de ceja delineada mientras yo intentaba estacionar el auto en reversa en el estrecho espacio entre su casa y la del vecino.
“De culo m’ija…que no te voy a durar toda la vida” me gritaba mientras yo maniobraba en aquel diminuto auto sin power steering y a mollero puro

Apenas me levanté me preparé una taza de café expreso. Negro…negrísimo. Le puse leche batida y sumergí una galleta de soda en la estrecha taza mientras contemplaba el amanecer en suburbia sentada en una silla del comedor. Había abierto en par las puertas que comunicaban al patio para que entrara el aire fresco. Necesitaba sentir el sol y escuchar los pajaritos. Ya habían pasado tres días…era el cuarto. Necesitaba enfrentar el mundo pero no sabía cómo salir por la puerta de mi casa. Mucho menos pintarme los labios o engancharme un vestido nuevo que me quedara bien. En menos de una semana había rebajado 10 libras de cantazo. Sobrevivía a puro café, chocolate y galletas de soda por esos días. Mis ojos me ardían de tanto llorar y salí de mi cama porque ya llevaba demasiados días en pijamas y sin lavarme el cabello. No entendía bien lo sucedido. Apenas el sábado anterior habíamos salido a almorzar con otra pareja y nuestros respectivos hijos. Éramos la perfecta imagen familiar arrancada de las fotos de una revista. Habíamos tenido nuestras altas y nuestras bajas, como todos los matrimonios, pero al final del día teníamos un proyecto común de vida: levantar una familia. Desperté a los niños para que se prepararan para ir al colegio. Su padre los llevaría. Llevaba varios días como autómata, preparaba a los niños y regresaba a mi cama, a llorar por horas implorándole a Dios que mi marido volviera por la puerta y los niños formaran la algarabía usual que se daba al atardecer cuando escuchaban la llave abrir el cerrojo de la puerta de entrada. Pero cada atardecer traía solo silencio. Los niños se arremolinaban en mi cama a esa hora como hacían cuando llegaba su papá. Esta vez no gritaban con risas ensordecedoras mientras su padre los cosquilleaba. Ahora me pasaban la mano por la cabeza mientras veíamos series animadas en inglés y yo trataba de no pensar. No se cómo se alimentaron por esos días, supongo que de sándwiches de mantequilla de avellana y chocolate, ya que era lo único que sus pequeñas manitas podían preparar sin asistencia mía o de la niñera.

El chorro de agua fría me cayó de sopetón y con él salí del marasmo en el que llevaba exactamente cuatro días. Me lavé el cabello despacio y mientras lo enjuagaba pensaba una y otra vez ¿dónde habíamos fallado? ¿En qué momento preciso la relación comenzó a desvanecerse? ¿Sería que había vivido tan a prisa que no me di cuenta? Me urgía determinar cómo, cuándo y dónde habíamos comenzado a fallar…cómo si pudiese volver a ese instante y cambiar nuestros destinos!!! Siempre tuve la sospecha que una tercera persona estaba involucrada…pero ¿cómo rayos iba a enfrentar una vida sola? ¿Dónde quedaba el gran proyecto de vida? Ese que asumimos cuando nos entregaron a nuestros hijos recién nacidos en la sala de partos del hospital. Una vez salí de la ducha me sequé despacio cada contorno de mi cuerpo, me puse mis cremas y me perfumé. Me veía “jincha”…enferma, mis huesos claviculares brotaban del torso como dos jaboneras. El peso perdido era obvio. Me vestí con parsimonia, seleccionando meticulosamente un vestido negro sin mangas. Me colgaba como si yo fuese una percha, pero era el que mejor me entallaba. En el cuarto día saldría vestida a la calle para la ocasión. Me calcé con un par de zapatos negros de tacón alto y me dirigí al tocador en el baño. Una vez saqué la secadora de cabello y la cartera de maquillaje mi vida adquirió su ritmo usual. Delineé mis labios con precisión y maquillé mis ojos como acostumbraba a diario. Las ojeras fueron cautelosamente disimuladas y los labios encontraron en un rosado subido el cómplice perfecto para disimular lo convulso de mi alma.

Saqué mis enormes gafas estilo Jacqueline Kennedy de su estuche y cubrí mis ojos con ellas. Agarré mi cartera de charol de marca inglesa y eché el rosario bendecido por el Papa Benedicto XVI que reposaba en mi mesa de noche. Abuela siempre cargaba con dos cosas vitales en su cartera: un rosario y un abanico. Uno no sabía nunca cuando necesitaría rezar o abanicarse… Ese día la necesite más que nunca para que me contara como uno enfrenta la vida sola. Caminé lentamente hacia la puerta y la abrí. El sol me cegó momentáneamente, aún con gafas sobre mis ojos.
No era el fin del mundo…Abuela tenía razón.

*Esta entrada es creación literaria de la autora y está protegida por Derechos de Autor. Cualquier reproducción-total o parcial- está prohibida por leyes del Estado Libre Asociado y los Estados Unidos de América. Los cuentos poseen algunos elementos biográficos y otros de ficción. *

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1 Response so far »

  1. 1

    Frances Delano said,

    Realmente fantástico, me encanta! Ahora a seguir escribiendo. =D


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