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Azul

Blue Crown

Yo (guiando de camino al colegio): “Acaba y ponte los zapatos que vamos a llegar a la escuela y vas a estar descalzo. Debes salir de la casa con tus zapatos puestos”

Niño (descalzo): “Mis pies reclaman su independencia de los zapatos, quieren estar descalzos”

Yo: “¿Cómo?”

Niño : “Que mis pies reclaman la independencia de los zapatos, por eso me los pongo antes de salir del carro”

Yo: “Pues ponte unas chancletas de meter el dedo como yo y te montas en el carro”
Niño: “Las chancletas tuyas son como el ELA, son y no son zapato”
Yo: “¿Y que son tus zapatos entonces?”

Niño: “La estadidad”

El príncipe azul…ese…el de los cuentos de hadas. La figura mítica de un caballero de abolengo y nobleza, que rescata a la bella dama en apuros siempre me pareció una ficción…una figura distante en los cuentos. No sufría, no lloraba, nunca pasaba apuros. Pero la mujer sí. Recuerdo los cuentos de la Bella Durmiente y Blanca Nieves en formato lenticular del maternal al que asistía y cuestionarme esta figura que era el que aparecía de la nada a salvar a la damisela de algún hechizo. Con el paso de los años, al crecer, se convirtió en una palabra más que asociaba a los cuentos de mi niñez. El hombre inexistente. No podía existir tanta perfección en un ser. Esto fue hasta que llegó mi hijo. Recuerdo a su madrina describirme lo “enamorada” que estaba de su entonces unigénito, siendo este apenas un bebé. Veía en sus ojos el brillo casi exacto al de una mujer enamorada, cuando hablaba de su retoño. Yo, embarazada de mi hija del medio, suponía que nunca podría tener ese mismo brillo ya que gestaba la tercera de las niñas del hogar. Debo confesar que el amor por mi hijo no nació exactamente el día que nació. Saber que llevaba en mi vientre un varón a las 16 semanas de gestación me produjo primeramente orgullo. Al fin le daba a mis padres el primer nieto varón, a mi suegra (abuela de cinco niñas) el primer y único nieto varón y a su padre, el único heredero del apellido paterno que se llamaría como su tío, abuelo y bisabuelo. Era el cuarto con el mismo nombre y ya venía con una expectativa. Su bisabuelo había sido un importante líder obrero y Presidente del Senado. Por ende, ya tenía un plantel escolar en el pueblo de la familia paterna con su mismo nombre. Mientras observaba a los adolescentes del coro del colegio de mi hija cuando estaba embarazada, lo imaginaba rubio y alto como uno de ellos. Me preguntaba como sería aquel niño en mi vientre. ¿Le gustaría la música? ¿El arte? ¿Sería bueno con la matemática como su padre?
Mi hijo debutó a la vida prematuramente pero con ocho libras en agosto 2005. Durante sus primeros días desarrolló una marcada preferencia por su padre, quien le consolaba sus dolores de reflujo y los llantenes desaforados con los que podía estar horas. No era hasta que el Sr. P se lo pegaba al pecho, que el muchachito-casi cianótico- suspendía aquella serenata de gritos. Durante sus primeros meses disfrutaba llevarlo en el coche de correr por la urbanización con sus pijamas azules. Estaba orgullosa, de finalmente, tener un hijo varón.

No se cuando me comenzó a enamorar. Creo que estaba en Pre-Pre o Pre-Kinder cuando nos tomamos la primera foto en la que luzco con un brillo de madre enamorada. Sus pequeñas y regordetas manitas en mi rostro. Para ese entonces sabía que no iba a haber hombre al que amara más en esta vida que a ese pedazo de mi vida. Luego de su padre irse de la casa, era quien consolaba mi llanto. Sentía sus manitas acariciarme la cabeza y todo estaba bien. Con el paso del tiempo, descubrí que ese chiquito tenía mucho de mí, de mi hermano y de su padre. Era la mejor versión de nosotros dos, concentrado en un cuerpo pequeño y flacucho. Ocurrente como su tío, parlanchín como yo y analítico como el Sr. P. Cada día a su lado es una aventura. Never a dull moment, como dicen en el Norte.

Con el han llegado retos intelectuales jamás imaginados, preguntas filosóficas, amplias e inususales discusiones de política (como la reseñada al inicio) y temas que simplemente no comprendo (Como jugar StarWars en el Xbox). Es ruidoso cuando juega con sus amigos, suda como si lo metiera en un sauna (ni hablar del olor que puede tener un viernes a las 4pm luego de jugar con sus amigos) y puede ser tan intenso….como la madre que lo parió. Es muy abierto a la hora de demostrar sus afectos y vive eternamente preocupado por mi. Al punto de espíarme en las redes sociales…(eso me enteré por otra persona). Ahora que despunta en la pre-adolescencia me pregunto si el amor mágico que siente por mí será algún día sustituído por una chica en el futuro, aquella que también lo considere un príncipe azul y vea todas sus buenas cualidades. Solo espero que no sufra muchos desamores. Estoy segura que entiende el mundo femenino a la perfección ya que pasa incontables horas rodeado de una madre y tres hermanas. Han sido muchas las veces, que mi pequeño príncipe me ha motivado a seguir adelante cuando siento que la gasolina emocional se me acaba. Al fin de cuentas…y de cuentos…el príncipe azul, no es inexistente. Es de carne y hueso y le doy la bendición todas las noches.

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